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Cardio o Fuerza, la eterna pregunta...

Desde la consulta médica, una de las preguntas más frecuentes cuando hablamos de ejercicio físico es aparentemente sencilla, pero clínicamente muy relevante: ¿qué es mejor, el cardio o la fuerza? La respuesta corta es que ambos son necesarios. La respuesta rigurosa es que cada uno cumple una función distinta en el organismo y su indicación depende del estado de salud, la edad, los objetivos terapéuticos y el contexto clínico de cada persona.

Durante años, el ejercicio se ha prescrito de forma genérica, casi como una receta universal: “sal a caminar”, “haz algo de cardio”, “muévete más”. Hoy sabemos que esta aproximación es incompleta. El ejercicio es una intervención médica no farmacológica, con efectos medibles sobre el sistema cardiovascular, metabólico, endocrino, músculo-esquelético y neurológico. Y como toda intervención, debe indicarse con criterio.

El ejercicio cardiovascular —caminar rápido, correr, nadar, bicicleta, elíptica— tiene como objetivo principal mejorar la eficiencia del corazón y los pulmones. Aumenta el consumo máximo de oxígeno, mejora la circulación, reduce la presión arterial y tiene un impacto directo sobre factores de riesgo cardiovascular clásicos como la diabetes tipo 2, la dislipemia o la obesidad. Desde un punto de vista clínico, el cardio es especialmente recomendable en personas con riesgo cardiovascular moderado, antecedentes de sedentarismo, hipertensión controlada o como fase inicial de readaptación al ejercicio tras periodos prolongados de inactividad.

Sin embargo, existe un mito muy arraigado: pensar que el cardio es el ejercicio “saludable” y la fuerza algo accesorio o estético. Este enfoque está desactualizado. La evidencia científica actual muestra que el entrenamiento de fuerza no solo es seguro en la mayoría de los pacientes, sino que es imprescindible para una salud integral. La fuerza mejora la masa muscular, protege la densidad ósea, aumenta la sensibilidad a la insulina y reduce el riesgo de caídas y fracturas, especialmente a partir de los 40-50 años.

Desde la clínica, la fuerza no es levantar grandes cargas sin control. Es un estímulo progresivo, adaptado, con técnica adecuada y supervisión cuando es necesario. En pacientes con sarcopenia, osteoporosis, prediabetes o dolor lumbar crónico, el entrenamiento de fuerza bien pautado tiene más impacto a medio y largo plazo que el cardio aislado. Incluso en personas con patología cardiovascular estable, los programas combinados de fuerza y cardio han demostrado mayor reducción de mortalidad que el cardio exclusivo.

Otro mito frecuente es el orden: “primero cardio para quemar grasa y luego fuerza”. Desde el punto de vista fisiológico, no existe una regla universal válida para todos. Si el objetivo es mejorar la fuerza o preservar masa muscular, conviene priorizarla cuando el sistema neuromuscular está fresco. Si el objetivo es mejorar resistencia aeróbica específica, el cardio puede ocupar el primer lugar. En pacientes con síndrome metabólico, por ejemplo, alternar días de fuerza con días de cardio suele ser más eficaz que hacer ambos de forma desordenada en la misma sesión.

También es importante desmontar la idea de que la fuerza “es peligrosa” o “sube la tensión”. El riesgo real no está en el tipo de ejercicio, sino en la mala ejecución, la falta de progresión o la ausencia de valoración previa. De hecho, bien prescrita, la fuerza mejora el control tensional, estabiliza articulaciones y reduce dolor crónico. El cuerpo humano está diseñado para cargar, empujar, tirar y sostener peso. Lo que lo daña es dejar de hacerlo.

Desde una visión médica moderna, la recomendación no es elegir entre cardio o fuerza, sino integrarlos estratégicamente. El cardio cuida el motor. La fuerza cuida la estructura. Uno sin el otro deja al organismo incompleto. En personas jóvenes, sanas, el equilibrio previene lesiones futuras. En personas mayores o con patología, ese equilibrio puede marcar la diferencia entre autonomía y dependencia.

El mensaje clave desde la consulta es claro: no entrenamos solo para vernos mejor, entrenamos para envejecer mejor, enfermar menos y vivir con mayor calidad. El ejercicio no es una moda ni un castigo, es una herramienta terapéutica de primer nivel. Usarla bien no es una cuestión de fuerza de voluntad, sino de conocimiento y criterio clínico.

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