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La Salmonelosis en verano: cuidado con ella!

Con la llegada del calor, aumentan las comidas al aire libre, las barbacoas, las ensaladillas, las salsas caseras, los alimentos preparados con huevo, los platos que viajan en fiambrera y las reuniones familiares donde la comida permanece demasiado tiempo fuera de la nevera. Es precisamente en este contexto donde la salmonelosis encuentra un escenario favorable: temperaturas elevadas, manipulación inadecuada de alimentos y ruptura de la cadena de frío.

La salmonelosis es una infección producida por bacterias del género Salmonella, especialmente por cepas no tifoideas que suelen transmitirse a través de alimentos contaminados. Es una de las causas más frecuentes de enfermedad diarreica de origen alimentario y, aunque muchas veces evoluciona de forma leve, puede complicarse en niños pequeños, personas mayores, embarazadas, pacientes inmunodeprimidos o personas con enfermedades crónicas.

¿Qué es exactamente la salmonelosis?

La salmonelosis es una infección gastrointestinal que aparece cuando una persona ingiere alimentos o agua contaminados por Salmonella. Esta bacteria puede encontrarse en carnes crudas o poco cocinadas, aves, huevos, leche no pasteurizada, productos elaborados con huevo crudo, vegetales contaminados, agua no segura o superficies de cocina que han estado en contacto con alimentos contaminados.

Uno de los errores más frecuentes es pensar que el riesgo está solo en el alimento “en mal estado”. Sin embargo, un alimento contaminado por Salmonella puede tener aspecto, olor y sabor normales. Ahí está precisamente el problema: no siempre podemos detectarlo a simple vista. Por eso la prevención no debe basarse en “si huele bien, está bien”, sino en aplicar medidas correctas de higiene, cocinado, conservación y manipulación.

La bacteria entra en nuestro organismo por vía digestiva. Una vez llega al intestino, puede adherirse a la mucosa intestinal, provocar inflamación y desencadenar una respuesta del sistema inmunitario. Esa inflamación altera la absorción normal de líquidos y sales, dando lugar a diarrea, dolor abdominal y, en muchos casos, fiebre.

¿Qué efectos produce en nuestro cuerpo?

Los síntomas suelen aparecer entre las 6 y las 72 horas posteriores a la ingesta del alimento contaminado, aunque en algunos casos pueden manifestarse hasta varios días después. Lo habitual es que la enfermedad dure entre 2 y 7 días, aunque la diarrea puede persistir más tiempo y el intestino puede tardar semanas en recuperar completamente su ritmo habitual.

Los síntomas más frecuentes son diarrea, dolor abdominal tipo cólico, fiebre, náuseas, vómitos, escalofríos, dolor de cabeza, malestar general y, en ocasiones, sangre en las heces.

El principal riesgo no es solo la infección en sí, sino la deshidratación. Cuando hay diarrea intensa o vómitos repetidos, el cuerpo pierde agua y electrolitos esenciales como sodio, potasio y cloro. Esto puede generar debilidad, mareo, sequedad de boca, orina escasa, somnolencia, bajada de tensión y deterioro general. En personas vulnerables, la deshidratación puede evolucionar con rapidez y requerir atención médica urgente.

En casos menos frecuentes, la bacteria puede pasar del intestino a la sangre y provocar infecciones más graves en otras zonas del cuerpo. Esto es más probable en personas mayores, bebés, embarazadas, personas trasplantadas, pacientes inmunodeprimidos o con enfermedades crónicas importantes.

Cómo evitar la salmonelosis

La salmonelosis se puede prevenir en gran medida con medidas sencillas, pero muy estrictas. La clave está en entender que la seguridad alimentaria empieza mucho antes de sentarnos a comer: empieza al comprar, continúa al transportar, sigue al conservar y termina al cocinar y servir.

La primera medida es mantener una higiene correcta de manos. Hay que lavarse bien con agua y jabón antes de cocinar, después de tocar carne cruda, pollo, huevos, pescado, basura, mascotas, pañales o después de ir al baño. Este gesto, aparentemente básico, sigue siendo una de las barreras más eficaces frente a las infecciones alimentarias.

También es fundamental evitar la contaminación cruzada. No debemos utilizar la misma tabla, cuchillo o plato para alimentos crudos y alimentos ya cocinados. Por ejemplo, si cortamos pollo crudo en una tabla y después usamos esa misma tabla para cortar tomate, pan o lechuga sin haberla lavado correctamente, podemos trasladar bacterias al alimento que se comerá sin cocinado posterior.

Los alimentos deben cocinarse completamente, especialmente carnes, pollo, huevos, tortillas, pescados y preparaciones que contengan huevo. La Salmonella se destruye con una cocción adecuada, pero puede sobrevivir si el alimento queda crudo o poco hecho en su interior. AESAN recuerda la importancia de evitar que alimentos como carne, pollo, huevos y pescado queden crudos por dentro, así como recalentar bien la comida cocinada.

Con los huevos hay que extremar la prudencia. Las tortillas poco cuajadas, mayonesas caseras, salsas con huevo crudo, postres caseros sin tratamiento térmico o preparaciones que quedan varias horas fuera de la nevera son escenarios clásicos de riesgo. En casa, lo más seguro es conservar los huevos correctamente, evitar usar huevos con cáscara rota o sucia y refrigerar cuanto antes cualquier preparación elaborada con huevo.

Otro punto crítico es la cadena de frío. Los alimentos perecederos no deben permanecer mucho tiempo a temperatura ambiente, especialmente en verano. En comidas al aire libre, playa, excursiones o barbacoas, hay que transportar los alimentos en neveras portátiles con acumuladores de frío y sacar solo lo que se vaya a consumir en ese momento.

También conviene tener cuidado con las sobras. Guardar comida cocinada no es peligroso si se hace bien, pero sí lo es dejarla horas sobre la encimera. Las sobras deben enfriarse cuanto antes, conservarse en recipientes limpios y cerrados, refrigerarse adecuadamente y recalentarse bien antes de consumirlas.

La limpieza de superficies es otra medida estratégica. Encimeras, tablas, cuchillos, paños de cocina, bayetas y fregaderos pueden actuar como puntos de transmisión si no se limpian correctamente. En cocina, los paños húmedos y las bayetas reutilizadas durante días son un foco frecuente de contaminación. Mejor lavarlos, cambiarlos con frecuencia o usar papel desechable en manipulaciones de riesgo.

También es recomendable evitar leche cruda o productos lácteos no pasteurizados, beber agua segura y lavar bien frutas y verduras, especialmente si se van a consumir crudas. La Salmonella no es exclusiva del pollo o del huevo; también puede llegar a alimentos frescos por contaminación durante la producción, manipulación o preparación.

Qué hacer si sospechamos que tenemos salmonelosis

Si aparecen diarrea intensa, fiebre, dolor abdominal, náuseas o vómitos después de haber consumido alimentos de riesgo, lo primero es no automedicarse y vigilar la evolución. La prioridad inicial suele ser mantener una correcta hidratación, con agua, sueros de rehidratación oral o líquidos adecuados en pequeñas cantidades y con frecuencia, especialmente si hay vómitos.

No se recomienda tomar antibióticos por cuenta propia. En muchos casos, la salmonelosis no necesita antibiótico y el tratamiento se basa en hidratación, control clínico y vigilancia. Los antibióticos se reservan para determinados pacientes o cuadros más graves, y siempre deben ser indicados por un profesional sanitario.

Tampoco conviene cortar la diarrea sin valoración médica, especialmente si hay fiebre alta, sangre en las heces o sospecha de infección bacteriana importante. Algunos antidiarreicos pueden no ser adecuados en determinados cuadros infecciosos, por lo que es preferible consultar antes de utilizarlos.

Hay que acudir al médico con urgencia si aparece fiebre alta persistente, sangre en las heces, vómitos que impiden beber líquidos, signos de deshidratación, diarrea muy abundante, dolor abdominal intenso, empeoramiento progresivo o síntomas que no mejoran en pocos días. También deben consultar de forma prioritaria los niños pequeños, personas mayores, embarazadas, pacientes inmunodeprimidos o personas con enfermedades crónicas relevantes.

En estos casos, el médico valorará si es necesario realizar análisis, cultivo de heces, tratamiento específico, reposición de líquidos o incluso atención hospitalaria si existe deshidratación importante o sospecha de complicaciones.

Una infección prevenible que no debemos infravalorar

La salmonelosis no debe vivirse con miedo, pero sí con responsabilidad. La mayoría de los casos se pueden evitar aplicando medidas básicas de seguridad alimentaria: higiene de manos, cocinado completo, conservación en frío, separación entre alimentos crudos y cocinados, limpieza de superficies y especial cuidado con huevos, pollo, carnes y preparaciones que pasan tiempo fuera de la nevera.

En verano, cuando el calor acelera el crecimiento bacteriano y relajamos ciertas rutinas por comidas fuera de casa, celebraciones o viajes, estas medidas son aún más importantes.

Ante la duda, la mejor decisión es siempre proteger la salud: hidratarse correctamente, no automedicarse y acudir al médico si los síntomas son intensos, persistentes o afectan a personas vulnerables. Porque en seguridad alimentaria, la prevención no es una exageración: es una inversión directa en salud.

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