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Descubre lo que ocurre en nuestro cuerpo ante una ola de calor

Cada año, con la llegada del verano, vuelven las olas de calor. Y aunque muchas veces hablamos de ellas como si fueran simplemente “días de mucho calor”, la realidad es que para nuestro cuerpo representan un verdadero desafío fisiológico.

No se trata solo de sudar más, dormir peor o sentirnos cansados. Cuando la temperatura ambiental se mantiene elevada durante varios días, especialmente si además hay humedad, poca ventilación o noches tropicales que impiden descansar, nuestro organismo entra en una situación de sobrecarga. El cuerpo intenta por todos los medios mantener su temperatura interna dentro de unos límites seguros, pero cuando el calor externo supera nuestra capacidad de adaptación, aparecen el agotamiento, el malestar, la deshidratación e incluso situaciones graves como el golpe de calor.

Comprender qué ocurre dentro de nuestro cuerpo durante una ola de calor nos ayuda a tomarnos este fenómeno en serio, a prevenir complicaciones y a proteger especialmente a las personas más vulnerables.

Nuestro cuerpo necesita mantener una temperatura estable

El ser humano funciona dentro de un margen térmico muy estrecho. Aunque en el exterior haga frío o calor, nuestro cuerpo intenta mantener una temperatura interna relativamente constante, alrededor de los 36-37 ºC. Esta estabilidad es esencial para que trabajen correctamente el cerebro, el corazón, los músculos, los riñones, el sistema nervioso y todas las reacciones metabólicas que nos mantienen con vida.

El órgano que actúa como “centro de control” de esta regulación es el hipotálamo, una estructura situada en el cerebro. El hipotálamo recibe información constante sobre la temperatura interna y externa, y cuando detecta que el cuerpo se está calentando demasiado, activa distintos mecanismos para eliminar calor.

Entre esos mecanismos destacan dos: la sudoración y la vasodilatación.

Sudar: el sistema natural de refrigeración

Cuando hace mucho calor, el cuerpo aumenta la producción de sudor. El sudor por sí solo no enfría de manera directa. Lo que realmente refresca es su evaporación sobre la piel. Al evaporarse, el sudor arrastra parte del calor corporal y ayuda a reducir la temperatura.

El problema aparece cuando el ambiente es muy húmedo. En esos casos, el sudor se evapora peor, permanece sobre la piel y la sensación de bochorno aumenta. Por eso, una temperatura de 32 ºC con mucha humedad puede ser mucho más agobiante que una temperatura algo superior en un ambiente seco.

Además, sudar implica perder agua y sales minerales, especialmente sodio, potasio y cloro. Si no reponemos adecuadamente esos líquidos y electrolitos, el organismo empieza a funcionar en déficit. Aparecen entonces síntomas como sed intensa, boca seca, dolor de cabeza, mareo, debilidad, calambres musculares, fatiga, irritabilidad o sensación de confusión.

La vasodilatación: cuando la sangre se dirige hacia la piel

Otro mecanismo clave frente al calor es la vasodilatación. Esto significa que los vasos sanguíneos cercanos a la piel se dilatan para permitir que circule más sangre por la superficie corporal. De esta manera, el cuerpo intenta liberar parte del calor hacia el exterior.

Este mecanismo es útil, pero tiene un coste. Al desplazarse más sangre hacia la piel, puede disminuir momentáneamente el retorno de sangre al corazón y al cerebro, especialmente si estamos deshidratados o permanecemos mucho tiempo de pie. Por eso durante una ola de calor son frecuentes los mareos, la sensación de bajada de tensión, la debilidad repentina o incluso los desmayos.

El corazón, además, tiene que trabajar más. Aumenta la frecuencia cardíaca para mantener una circulación adecuada. En personas sanas esto puede traducirse en palpitaciones leves o cansancio. Pero en personas mayores, pacientes con insuficiencia cardíaca, hipertensión, arritmias o enfermedades respiratorias, esta sobrecarga puede ser peligrosa.

Por qué nos sentimos agotados durante una ola de calor

El cansancio que sentimos con el calor no es imaginario ni una simple falta de ánimo. Es una consecuencia directa del esfuerzo que realiza el organismo para mantenerse estable.

Durante una ola de calor, el cuerpo consume energía en activar sus sistemas de defensa térmica. Sudamos más, respiramos de forma diferente, el corazón trabaja con mayor intensidad, dormimos peor y perdemos líquidos. Todo eso genera una sensación progresiva de agotamiento físico y mental.

Además, el calor afecta al descanso nocturno. Cuando la temperatura no baja por la noche, el cuerpo no logra completar adecuadamente sus ciclos de recuperación. Dormimos menos, peor y con más interrupciones. Al día siguiente, esa falta de descanso se traduce en niebla mental, irritabilidad, dolor de cabeza, menor capacidad de concentración y sensación de estar “al límite”.

Por eso las noches tropicales son especialmente importantes desde el punto de vista sanitario. No solo incomodan: impiden que el organismo se recupere del estrés térmico acumulado durante el día.

El cerebro también sufre con el calor

El sistema nervioso es muy sensible a los cambios de temperatura y a la deshidratación. Cuando el cuerpo pierde agua, disminuye el volumen de sangre circulante y puede reducirse la oxigenación adecuada de algunos tejidos. El cerebro nota rápidamente estos cambios.

Por eso, con calor intenso, podemos sentirnos más torpes, lentos o irritables. Puede costar más pensar con claridad, tomar decisiones, mantener la atención o realizar tareas que normalmente no requieren esfuerzo. En personas vulnerables, este deterioro puede ser más marcado y confundirse con un empeoramiento brusco de su estado general.

En casos más graves, la alteración neurológica puede ser una señal de alarma: confusión, desorientación, somnolencia excesiva, comportamiento extraño, dificultad para hablar o pérdida de conciencia pueden indicar un golpe de calor o una complicación severa.

Deshidratación: el enemigo silencioso

Uno de los principales riesgos durante una ola de calor es la deshidratación. Muchas personas esperan a tener sed para beber agua, pero la sed no siempre es un indicador suficientemente temprano. En personas mayores, por ejemplo, la sensación de sed puede estar reducida, lo que aumenta el riesgo.

La deshidratación no solo significa “tener poca agua”. Afecta a la presión arterial, al funcionamiento renal, a la regulación de la temperatura, al rendimiento muscular y al equilibrio de sales minerales. También puede favorecer infecciones urinarias, estreñimiento, caídas, confusión y empeoramiento de enfermedades crónicas.

Además, algunos medicamentos pueden aumentar el riesgo durante el calor. Diuréticos, antihipertensivos, algunos antidepresivos, ansiolíticos, antihistamínicos o tratamientos para determinadas enfermedades cardiovasculares pueden alterar la hidratación, la sudoración o la respuesta del organismo a las altas temperaturas. Esto no significa que deban suspenderse por cuenta propia, pero sí que conviene consultar con el médico si una persona vulnerable empieza a encontrarse mal durante periodos de calor intenso.

Del agotamiento por calor al golpe de calor

No todos los cuadros relacionados con el calor tienen la misma gravedad. En una primera fase puede aparecer el agotamiento por calor. Suele manifestarse con sudoración intensa, debilidad, mareo, dolor de cabeza, náuseas, calambres, piel fría o húmeda, sensación de desmayo y cansancio extremo.

Si no se actúa, la situación puede evolucionar hacia un golpe de calor, que es una emergencia médica. En el golpe de calor, el cuerpo pierde la capacidad de regular su temperatura. La temperatura corporal puede elevarse rápidamente y aparecer alteración del estado mental, confusión, piel muy caliente, pulso acelerado, respiración rápida, vómitos, convulsiones o pérdida de conciencia.

El golpe de calor no debe subestimarse. Puede afectar al cerebro, al corazón, al riñón, al hígado y a la coagulación sanguínea. Requiere atención urgente.

Quiénes tienen más riesgo

Aunque cualquier persona puede sufrir las consecuencias del calor extremo, hay grupos especialmente vulnerables. Las personas mayores, los bebés y niños pequeños, las embarazadas, los pacientes con enfermedades cardíacas, respiratorias, renales, neurológicas o metabólicas, y quienes toman determinados medicamentos deben extremar las precauciones.

También tienen más riesgo quienes trabajan al aire libre, hacen deporte en horas de calor, viven solos, no disponen de una vivienda bien ventilada o no cuentan con sistemas adecuados de refrigeración. La vulnerabilidad no depende solo de la edad o de la salud, sino también del entorno, la exposición y la capacidad real para protegerse.

Cómo protegernos de forma eficaz

La prevención debe empezar antes de encontrarnos mal. Durante una ola de calor, es fundamental beber agua con frecuencia, aunque no tengamos sed. La hidratación debe ser constante y repartida durante el día. En situaciones de sudoración intensa, puede ser necesario reponer sales minerales, especialmente si hay ejercicio, trabajo físico o exposición prolongada.

También conviene evitar las horas centrales del día, reducir la actividad física intensa, utilizar ropa ligera y transpirable, proteger la cabeza, buscar zonas de sombra y mantener la vivienda lo más fresca posible. Ventilar a primera hora y por la noche, cerrar persianas durante las horas de más radiación y utilizar ventiladores o aire acondicionado con criterio puede marcar una gran diferencia.

La alimentación también ayuda. Las comidas muy copiosas, grasas o pesadas aumentan la carga digestiva y pueden incrementar la sensación de malestar. En días de calor intenso es preferible optar por comidas ligeras, frutas, verduras, gazpachos, ensaladas, caldos fríos y alimentos ricos en agua.

El alcohol debe evitarse o reducirse mucho, ya que favorece la deshidratación y altera la percepción del riesgo. Las bebidas muy azucaradas o con exceso de cafeína tampoco son la mejor opción como fuente principal de hidratación.

Escuchar al cuerpo no es exagerar

Uno de los errores más frecuentes es normalizar el malestar por calor. Pensamos que “es lo que toca en verano” o que basta con aguantar. Pero el cuerpo avisa. El dolor de cabeza, la debilidad, el mareo, los calambres, las náuseas, la confusión o la sensación de agotamiento extremo son señales que deben tomarse en serio.

Ante los primeros síntomas, lo más importante es parar la actividad, buscar un lugar fresco, beber agua poco a poco, retirar ropa innecesaria y refrescar el cuerpo con paños húmedos, ducha templada o ventilación. Si los síntomas no mejoran, si la persona está confusa, muy somnolienta, tiene fiebre elevada, deja de sudar pese al calor intenso o pierde el conocimiento, hay que solicitar atención médica urgente.

El calor extremo es un asunto de salud

Las olas de calor no son solo una incomodidad estacional. Son un fenómeno con impacto directo en la salud individual y colectiva. Nuestro cuerpo tiene mecanismos extraordinarios para adaptarse, pero esos mecanismos tienen límites. Cuando el calor se mantiene durante varios días, cuando las noches no refrescan o cuando existen enfermedades previas, la capacidad de compensación puede verse superada.

Entender lo que ocurre en nuestro organismo nos permite actuar con más responsabilidad. Hidratarse, descansar, evitar la exposición innecesaria, adaptar la actividad diaria y vigilar a las personas vulnerables no son recomendaciones menores: son medidas de protección sanitaria.

El verano puede disfrutarse, pero no debe subestimarse. Cuando el cuerpo nos dice que el calor nos está sobrepasando, conviene escucharlo. Cuidarnos a tiempo es la mejor forma de evitar que el malestar se convierta en una urgencia.

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